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A morte de Baleia (em “Vidas Secas”)

Graciliano Ramos



Examinou o terreiro, viu Baleia coçando-se a esfregar as peladuras no pé de turco, levou a espingarda ao rosto. A cachorra espiou o dono desconfiada, enroscou-se no tronco e foi-se desviando, até ficar no outro lado da árvore, agachada e arisca, mostrando apenas as pupilas negras. Aborrecido com esta manobra, Fabiano saltou a janela, esgueirou-se ao longo da cerca do curral, deteve-se no mourão do canto e levou de novo a arma ao rosto. Como o animal estivesse de frente e não apresentasse bom alvo, adiantou-se mais alguns passos. Ao chegar às catingueiras, modificou a pontaria e puxou o gatilho. A carga alcançou os quartos traseiros e inutilizou uma perna de Baleia, que se pôs a latir desesperadamente.

Ouvindo o tiro e os latidos, sinha Vitória pegou-se à Virgem Maria e os meninos rolaram na cama, chorando alto. Fabiano recolheu-se.

E Baleia fugiu precipitada, rodeou o barreiro, entrou no quintalzinho da esquerda, passou rente aos craveiros e às panelas de losna, meteu-se por um buraco da cerca e ganhou o pátio, correndo em três pés. Dirigiu-se ao copiar, mas temeu encontrar Fabiano e afastou-se para o chiqueiro das cabras. Demorou-se aí um instante, meio desorientada, saiu depois sem destino, aos pulos.

Defronte do carro de bois faltou-lhe a perna traseira. E, perdendo muito sangue, andou como gente, em dois pés, arrastando com dificuldade a parte posterior do corpo. Quis recuar e esconder-se debaixo do carro, mas teve medo da roda.

Encaminhou-se aos juazeiros. Sob a raiz de um deles havia uma barroca macia e funda. Gostava de espojar-se ali: cobria-se de poeira, evitava as moscas e os mosquitos, e quando se levantava, tinha folhas secas e gravetos colados às feridas, era um bicho diferente dos outros.

Caiu antes de alcançar essa cova arredada. Tentou erguer-se, endireitou a cabeça e estirou as pernas dianteiras, mas o resto do corpo ficou deitado de banda. Nesta posição torcida, mexeu-se a custo, agarrando-se nos seixos miúdos. Afinal esmoreceu e aquietou-se junto às pedras onde os meninos jogavam cobras mortas.

Uma sede horrível queimava-lhe a garganta. Procurou ver as pernas e não as distinguiu: um nevoeiro impedia-lhe a visão. Pôs-se a latir e desejou morder Fabiano. Realmente não latia: uivava baixinho, e os uivos iam diminuindo, tornavam-se quase imperceptíveis. (…)

Abriu os olhos a custo. Agora havia uma grande escuridão, com certeza o sol desaparecera.

Os chocalhos das cabras tilintaram para os lados do rio, o fartum do chiqueiro espalhou-se pela vizinhança.

Baleia assustou-se. Que faziam aqueles animais soltos de noite? A obrigação dela era levantar-se, conduzi-los ao bebedouro. Franziu as ventas, procurando distinguir os meninos. Estranhou a ausência deles.

Não se lembrava de Fabiano. Tinha havido um desastre, mas Baleia não atribuía a esse desastre a impotência em que se achava nem percebia que estava livre de responsabilidades. Uma angústia apertou-lhe o pequeno coração. Precisava vigiar as cabras: àquela hora cheiros de suçuarana deviam andar pelas ribanceiras, rondar as moitas afastadas. Felizmente os meninos dormiam na esteira, por baixo do caritó onde sinha Vitória guardava o cachimbo. (…)

Baleia queria dormir. Acordaria feliz, num mundo cheio de preás. E lamberia as mãos de Fabiano, um Fabiano enorme. As crianças se espojariam com ela, rolariam com ela num pátio enorme, num chiqueiro enorme. O mundo ficaria todo cheio de preás, gordos, enormes.



La muerte de Ballena (en “Vidas Secas”)

(Traducción de José Vázquez)


Examinó el patio, vio a Ballena rascándose refregando las partes secas de su piel en los arbustos, se llevó la escopeta al rostro. La perra espió al dueño con desconfianza, se enroscó en el tronco y se fue desviando, hasta quedar del otro lado del árbol, agachada y arisca, mostrando tan solo las pupilas negras. Fastidiado con esta maniobra, Fabiano saltó la ventana, se dirigió con cautela a lo largo de la cerca del corral, se detuvo en la columna de la esquina y se llevó de nuevo el arma al rostro. Como el animal estaba de frente y no presentaba un buen blanco, se acercó algunos pasos más. Al llegar a los arbustos modificó la puntería y jaló el gatillo. La carga le alcanzó los cuartos traseros e inmovilizó una pierna de Ballena, quien se puso a ladrar desesperadamente.

Escuchando el tiro y los ladridos, doña Victoria se pegó a la Virgen María y los niños rodaron en la cama, llorando alto. Fabiano se metió a la casa.

Y Ballena huyó precipitada, rodeó la cerca, entró en el pequeño jardín de la izquierda, pasó cerquita de los claveles y a las ollas de estafiate, se metió por un hoyo de la cerca y salió al patio, corriendo en tres patas. Se dirigió al cobertizo, pero temió encontrarse a Fabiano y se alejó hacia el chiquero de las cabras. Se quedó ahí un instante, medio desorientada, salió después sin destino, a brincos.

Frente a la carreta le falló la pierna trasera y, perdiendo mucha sangre, caminó como gente, en dos patas, arrastrando con dificultad la parte posterior del cuerpo. Quiso regresar y esconderse debajo de la carreta, pero le dieron miedo las ruedas.

Se dirigió hacia los joazeiros. Bajo la raíz de uno de ellos había una cuevita suave y honda. Le gustaba revolcarse ahí: se cubría de polvo, evitaba las moscas y los mosquitos, y cuando se levantaba, tenía hojas secas y varitas pegadas a las heridas, era un animal diferente a los otros.

Cayó antes de alcanzar esa cuevita lejana. Intentó erguirse, alzó la cabeza y estiró las patas delanteras, pero el resto del cuerpo se quedó de lado. En esa posición torcida, se movió con mucho esfuerzo, agarrándose a las piedras pequeñas. Al final se desvaneció y se quedó quieta junto a las piedras donde los niños aventaban víboras muertas.

Una sed horrible le quemaba la garganta. Se buscó las piernas pero no las vio: una neblina le impedía la vista. Se puso a ladrar y deseó morder a Fabiano. Realmente no ladraba: aullaba bajito, y los aullidos iban disminuyendo, se volvían casi imperceptibles. (…)

Abrió los ojos con mucho esfuerzo. Ahora había una gran oscuridad, con certeza el sol había desaparecido.

Los cencerros de las cabras tintinaban por el río, el hedor del chiquero se esparció por los alrededores.

Ballena se asustó. ¿Qué hacían aquellos animales sueltos de noche? Su obligación era levantarse, conducirlos al bebedero. Arrugó las fosas nasales, intentando distinguir a los niños. Le extrañó su ausencia.

No recordaba a Fabiano. Había habido un desastre, pero Ballena no le atribuía a ese desastre la impotencia en la que se encontraba ni percibía que estaba libre de responsabilidades. Una angustia le apretó el pequeño corazón. Necesitaba vigilar a las cabras: en aquella algún puma debía andar por las riberas, rondando los matorrales alejados. Felizmente los niños dormían en el petate, debajo de la alacena donde doña Victoria guardaba la pipa. (…)

Ballena quería dormir. Despertaría feliz, en un mundo lleno de cuyos. Y lamería las manos de Fabiano, un Fabiano enorme. Los niños se revolcarían con ella, rodarían con ella en un patio enorme, en un chiquero enorme. El mundo se llenaría de cuyos, gordos, enormes.

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